Gaudete et exultate

Resumen de la Exhortación Apostólica del Papa Francisco Gaudete et Exultate

Ofrecemos un breve resumen de este texto tan cercano y sincero del Papa Francisco. Su objetivo es: que resuene una vez más la llamada a la santidad. A cada uno el Señor nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor”.

Alegraos y regocijaos”, el Señor nos ofrece la verdadera vida, la felicidad para la que fuimos creados. Él nos quiere santos y que no nos conformemos con un cristianismo mediocre. Él nos dice. “Camina en mi presencia y sé perfecto”.

Capítulo I. La llamada a la santidad.

Corramos con constancia en la carrera que nos toca” son muchos los que nos alientan a no detenernos hasta la meta, quizá nuestra madre, abuela y personas cercanas que agradaron a Dios. Los que ya llegaron a Dios, mantienen con nosotros lazos de amor y de comunión. Estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios. La santidad del pueblo de Dios se muestra en los padres que crían a sus hijos, en las personas que trabajan por llevar el pan a sus casas, en los enfermos y ancianos que sonríen. Esa es la santidad de “puerta de al lado”, los que conviven con nosotros, son la “clase media” de la santidad. “Todos los fieles cristianos son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la santidad, sacando lo mejor de sí, lo más personal que Dios nos ha dado”.

La santidad no está reservada a los obispos, sacerdotes y religiosos: Todos estamos llamados a ser santos, ofreciendo el amor en las ocupaciones de cada día, renunciando a nuestro egoísmo, y buscando el bien común. Elijamos a Dios y no nos desalentemos, tenemos la fuerza de los sacramentos, la oración, la palabra de Dios, las comunidades. Esta santidad a la que estamos llamados crecerá en pequeños gestos, viviendo en unión con Cristo: Has de concebir toda tu vida como misión, lo que espera Jesús de ti en cada momento y opción de tu vida.

No tengas miedo a la santidad, no te quitará fuerzas, vida, alegrías; sino todo lo contrario. La santidad nos hace más humanos y fecundos para el mundo.

Capítulo II: Dos sutiles enemigos de la santidad.

Son el gnosticismo y pelagianismo, herejías antiguas que vuelven a presentarse ante nosotros. Suponen un elitismo narcisista, no interesa Jesucristo ni los demás. Tiene más interés el conocimiento que la caridad, buscan un Dios sin Cristo, sin Iglesia. El pelagianismo nos hace creer que con nuestra sola voluntad y esfuerzo podemos salvarnos, no cuenta la misericordia de Dios. No todos pueden todo. San Agustín, nos aconseja: “Dios nos invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedas”. Hemos de reconocer nuestros límites y caminar humildes en la presencia de Dios. No es nuestra fuerza y voluntad quienes nos justifican sino la gracia y el amor de Dios manifestados en Cristo, muerto y resucitado por nosotros.

Capítulo III: A la luz del Maestro:

Jesús explica con toda sencillez qué es ser santo. Las Bienaventuranzas son el carnet de identidad del cristiano. La palabra “feliz” pasa a ser sinónimo de “santo”. Jesús nos propone un camino que va contracorriente de lo que nos propone la sociedad.

  • Ser pobre en el corazón es ser santo: Dónde ponemos la seguridad de nuestra vida. Las riquezas pueden llenar nuestro corazón y no dejar espacio a Dios y a los demás. Vida austera y compartida.
  • Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad; Las enemistades, las riñas, el odio, nuestro orgullo y vanidad nos apartan de la santidad. Evitar las tensiones, vivir mansos y humildes de corazón como Jesús nos llenará de paz y descanso. Es en Dios en quien hemos de poner nuestra confianza.
  • Saber llorar con los demás, esto es santidad: El entretenimiento, la diversión, el disfrutar en nuestros sentidos, el vivir una “buena vida”, ante el dolor y la enfermedad miramos para otro lado y tapamos el sufrimiento, eso es la que se nos vende. Compartir el dolor ajeno, socorrer a los demás, comprender la angustia ajena y aliviar a los demás nos hará bienaventurados. Jesús nos propone su consuelo.
  • Buscar la justicia con hambre y sed, eso es santidad: La búsqueda de la justicia debe ser como una necesidad básica, un instinto para vivir como cristianos, sabiendo que tarde o temprano seremos saciados Busquemos esa justicia sobre todo para los más pobres y débiles.
  • Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad. La misericordia es vivir ayudando y sirviendo a los demás, unido a una comprensión y perdón. Dar y perdonar es reflejo de la santidad de Dios.
  • Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, eso es ser santo: Corazón es lo que buscamos y deseamos con intención. Hemos de cuidar el corazón, qué obras brotan de él. Si no tengo amor….nada soy. Viviendo en el amor a Dios y a los demás seremos capaces de ver a Dios cara a cara.
  • Sembrar la paz a nuestro alrededor, esto es santidad: Nos rodean innumerables situaciones de guerras, de enfrentamientos, de malentendidos. Solo los pacíficos son fuente de paz, la siembran por todas partes y la procuran en toda situación. Construir la paz requiere una gran amplitud de corazón y de mente, serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza.
  • Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos triga problemas, esto es santidad: Si vivimos el Evangelio no todo nos será favorable, la ridiculización, el ser mal vistos, la cruz no es fuente de satisfacción. Hemos de saber que un santo no es alguien “raro”, insoportable por su negativismo, vanidad y resentimiento, “gozaban de simpatía entre el pueblo”. Las persecuciones por la fe no son algo del pasado, hoy aparecen en las calumnias, falsedades, burlas, ridiculizaciones de nuestra vivencia cristiana.

El gran protocolo:

Al final seremos juzgado en el amor, sobre si hemos sido misericordiosos o no. La misericordia es el corazón palpitante del Evangelio. No podemos entender la santidad alejada de la dignidad de todo ser humano. No convirtamos el cristianismo en una simple ONG; la oración, el amor a Dios, la lectura de su palabra, los sacramentos no den disminuir la entrega al prójimo, sino aumentarla, así lo hicieron los santos, pensemos en la más cercana Santa Teresa de Calcuta. Damos gloria a Dios no solo con el culto, la oración…; nuestra relación con Dios se evaluará en lo que hicimos con los demás. La misericordia es la llave del cielo.

Capítulo IV. Algunas notas de la santidad en el mundo actual:

Veremos cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y a los demás, que corren el riesgo y límites en nuestra cultura, donde la ansiedad y la violencia, la negatividad, la tristeza, el individualismo, la comodidad nos llevan a unas falsas formas de espiritualidad sin Dios. 

  • Aguante, paciencia y mansedumbre: Centrarnos en un Dios que nos ama y nos sostiene, desde esta firmeza podremos soportar las contrariedades que la vida nos presenta. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” Esta debe ser la fuente de nuestra paz, la paciencia y constancia en el bien. El amor de Dios no nos abandona nunca, debe ser guía de la fidelidad en el amor a los demás. Venzamos al mal con el bien, desterremos toda amargura, la ira y los enfados, que no arraigue en nosotros la agresividad y el egoísmo, nunca la puesta del sol nos ha de encontrar airados. Cuando nos abrumen las circunstancias negativas, acudamos a la oración y súplica a Dios. No gastemos energías y lamentos en los errores ajenos. Sin humildad no hay santidad. Aguantemos y perseveremos en el bien, “aunque camine por cañadas oscuras…” Cristo ha de ser siempre nuestra paz.
  • Alegría y sentido del humor: Fuera la pena y la tristeza, la melancolía y vivamos en el gozo del Espíritu. Alegrémonos siempre en el Señor. Con María, que se alegre nuestro espíritu en Dios nuestro salvador. Vuestra tristeza se convertirá en alegría, nadie no podrá quitar esta alegría que llegará a plenitud. Los momentos de dolor y de cruz no pueden destruir la alegría sobrenatural, tenemos ejemplos en Santo Tomás Moro, S. Vicente de Paul, S. Felipe Neri…El mal humor es un contra signo de santidad. “Aparta de tu corazón la tristeza”. No te prives de pasar un día feliz.
  • Audacia y fervor: No tengáis miedo, yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos”. Hemos de vivir con audacia y entusiasmo (endiosados), con coraje para evangelizar, el Señor nos llama a no quedarnos en la orilla, sino a remar mar adentro, arrojando las redes, gastando nuestra vida en su servicio. La compasión de Jesús le llevaba a salir a evangelizar siempre y a todos. Dios que es novedad, nos empuja a las periferias. Dios no tiene miedo.
  • En comunidad: La lucha contra el mal es más fácil en grupo. La santificación es un camino comunitario. Hay matrimonios santos donde cada uno es instrumento de Cristo para santificación de su cónyuge, desde los pequeños detalles, que son presencia del Resucitado que nos va santificando.
  • En oración constante: Hemos de apostar por la trascendencia que manifestamos en la oración y adoración. El santo necesita comunicarse con Dios, suspira por Él. San Juan de la Cruz nos aconseja: “procurar andar  siempre en la presencia de Dios… según te permitan las obras que estás haciendo”. Es indispensable estar, escuchar y aprender del Maestro. La oración está teñida de recuerdos, memoria de la acción de Dios en la propia vida. “Traigamos a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor…, mira tu historia”, nos dice S. Ignacio. Supliquemos, pidamos e intercedamos. Si reconocemos la existencia de Dios no podemos dejar de adorarlo.

Capítulo V. Combate, vigilancia y discernimiento:

La vida cristiana es un combate permanente, contra el mundo, la propia fragilidad y el diablo. Solo la maduración espiritual, el hacer el bien, el crecimiento en el amor pueden hacer de contrapeso del mal. El Espíritu que es fuente de paz y de gozo, nos exige estar con las lámparas encendidas. Hemos de examinar nuestra conciencia y no quedarnos en buenas intenciones, el motivo de nuestra vida ante el Padre.

El que lo pide todo también lo da todo y viene a plenificarnos. María vivió como nadie las Bienaventuranzas, se estremeció de gozo en la presencia del Señor, fue la llena de gracia, es la santa de los santos, la más bendita, la que nos enseña y nos acompaña en el camino de la santidad. ¡¡María, ven con nosotros al caminar, Santa María ven!! Amén. Amén.

P. José Luis Ovejero, OSA

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