Fray Francisco Cantarellas

franciscoFray Francisco Cantarellas Ballester, agustino (1884-1968)

Nacimiento y familia

Nació en Muro (Mallorca – Baleares) el 15 de agosto de 1884, en un hogar pobre y sencillo, de fuertes raíces religiosas y costumbres tradicionales. Sus padres, Pedro Antonio y Antonia, tuvieron 10 hijos, siendo Francisco el penúltimo, seguido por una hermana que murió pronto, quedando Francisco como el menor de los hermanos. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento en la Parroquia de San Juan Bautista de Muro.

El padre de Francisco fue “picapedrer” (albañil), que trabajaba en cuadrilla con sus hijos mayores, formando un hogar trabajador y honrado. Estudió en la escuela de Muro las primeras letras, con las deficiencias inherentes de la educación en los finales del siglo XIX. Muy pronto comenzó a trabajar con su padre y hermanos como “picapedrer”, hasta su ingreso en la Orden de San Agustín.

De pequeño fue “escolanet” (monaguillo) de la iglesia parroquial, siendo muy estimado por los sacerdotes de la parroquia y manifestando siempre, en su adolescencia, un comportamiento ejemplar.

Entre los 12 y 18 años vive la experiencia de la vocación de su hermana mayor, Pedrona (Pereta), que decide ingresar en la congregación mallorquina de las Franciscanas Hijas de la Misericordia sin el beneplácito paterno, obedeciendo antes a Dios que a la negativa de sus padres. Su hermana muere joven, dejando fama de vida entregada y buenos ejemplos entre las monjas. Estos hechos marcan fuertemente el espíritu de Francisco y fortalecen su vocación religiosa.

Ingreso en la Orden y formación

Con 20 años, en 1904, y contando con el permiso paterno, marchó Francisco al convento de Ntra. Sra. del Socorro de Palma, donde los agustinos regentan un colegio de enseñanza y atienden la “Esglèsia del Socors”, emblemática dentro de la religiosidad de Palma de Mallorca, por las devociones adscritas al templo, destacando la de santa Rita de Casia.

Francisco es aceptado como Hermano Donado comenzando un período de formación que posibilite su acceso al noviciado, para profesar como Hermano no clérigo en la Orden. En este tiempo, y durante dos años completos, cumple en Palma e Inca la obligación del servicio militar, del que no pudo ser excluido por la edad límite con la que ingresó en el convento. Vuelve a él en abril de 1908, para marchar al Monasterio de El Escorial en el mes de agosto, iniciando en octubre del mismo año el noviciado, siendo su maestro de novicios el P. José Esteban Urteaga Urreta y prior del Monasterio escurialense el P. Manuel Donis. En el noviciado, en la inmensidad gris del viejo monasterio, deja crecer las raíces de interioridad y fraternidad, en un ambiente ascético y de silencio. El 29 de septiembre de 1909 profesa como religioso agustino en el Monasterio escurialense con 25 años.

Diversos destinos

Los superiores le destinan, acabado el noviciado, a su querido convento de Palma, trabajando al servicio de la comunidad, atendiendo a todas las necesidades en las que se le requiere. Francisco no regateará jamás con la generosidad. Doce años completos los vive en Palma. En estos doce años su trabajo se centra, fundamentalmente, en el Socorro: cuidando la Iglesia, ordenando las cosas del culto, atendiendo a los fieles. Es un trabajo intenso pues la Iglesia del Socorro y el culto a Santa Rita de Casia requieren mucha dedicación. Colabora en tareas educativas y disciplinares. Sin tener un carácter expansivo, fray Francisco, su sola presencia, es una provocación a la bondad y el buen comportamiento, dejando siempre una estela de ternura. Es la pedagogía del ejemplo, en la que siempre fue esmerado maestro.

En 1920, con motivo del cierre del Colegio de Palma, Francisco es trasladado, al Real Monasterio de El Escorial, al cuidado de la Sacristía de la Basílica. En 1921 es trasladado al Colegio de Madrid (San Pablo, c/ Valverde), donde seguirá con su labor de sacristán y comenzará su dedicación propiamente como profesor de Primeras Letras, durante cinco años.

En 1926 vuelve a Palma, al abrirse de nuevo el Colegio. Durante 42 años fray Francisco dejará firmemente asentada su presencia de religioso agustino en la comunidad local, con reconocimiento unánime de cuantos convivieron con él. Su sola presencia aseguraba la armonía en el trato humano, la serenidad y el gozo del compartir fraterno. Su trabajo principal, hasta su muerte, estará centrado en la Iglesia del Socorro, desarrollando ejemplarmente su labor de sacristán, atendiendo a los fieles con exquisito trato. En diversas etapas, hasta su jubilación, estará al cuidado de los alumnos más pequeños del centro, como profesor de Primeras Letras, dejando una huella imborrable en varias generaciones, que recuerdan vivamente y agradecidos la marca pedagógica, desde la sencillez y el ejemplo, de fray Francisco.

Semblanza interior y testimonio

Fray Francisco Cantarellas fue un hombre de profunda oración, con devociones asentadas en la tradición, pero avaladas por un compromiso evangélico de entrega incondicional: en el trabajo, en el trato con las gentes, en su dedicación a los alumnos. Los fieles buscaban su consejo, su comprensión, su ayuda, encontrando siempre en el humilde religioso la consolación de la fe, el acertado juicio, la paz de una recta piedad. Vehículo de verdadera caridad, siempre desde un anonimato natural, no provocado, desarrolló en el barrio de Sa Guerreria una asombrosa labor de promoción social, que quedaba oculta a la propia mirada de su comunidad. De hecho este dato se ha podido recuperar gracias a la memoria colectiva de seglares que recuerdan la figura y la labor de este religioso.

Lo ejemplar de su vida, lo edificante de su testimonio, se resuelve en lo oculto. Llama la atención esa constante de la historia: la gran revelación de la plenitud humana se oculta siempre, para confusión de los sabios y entendidos, en la pequeñez. La poquedad de los débiles es manifestación egregia de la riqueza y la fortaleza de Dios. Ahí nuestro fray Francisco es un modelo indiscutible, porque estamos convencidos de que ese ocultamiento de la sencillez es un clamor de autenticidades.

Fray Francisco fue, tal y como le recuerdan los que le conocieron y trataron, un hombre de un profundo equilibrio emocional; de porte austero y comedido, parco en palabras, pero expresivo en su rostro y su decir mesurado; de trato exquisito con las gentes de toda clase y condición.

A él podríamos aplicar aquella consideración del santo agustino Alonso de Orozco, al decir que “El religioso ha de ser como el oro, que vale mucho y suena poco”. Y así fue toda su vida, sin hacerse notar, dejando huellas de bienaventuranzas.

Con naturalidad, en las postrimerías de su vida, con la salud muy quebrantada, mantenía su sencillez y su congénita humildad. Tras una breve enfermedad, rodeado del cariño y admiración de sus hermanos de comunidad, falleció en su querido convento del Socorro el 22 de abril de 1968, a la edad de 83 años, con una vida cargada de méritos y el reconocimiento de haber sido un verdadero “apóstol de la sencillez”.

Fr. Jesús Miguel Benítez, OSA

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