Restauración del retablo de la Coronación de la Virgen

El pasado jueves, 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción, tuvo lugar en la iglesia de Ntra. Sra. del Socorro de los PP. Agustinos, la inauguración de la restauración integral del retablo de la Coronación de la Virgen, obra barroca del siglo XVIII.

El acto fue celebrado en la misa solemne, presidida a las 12,00 h., por el Rector de la iglesia, P. Jesús Miguel Benítez, y concelebrada por los PP. José Luis Ovejero, prior de la comunidad, y Baltasar Ramis.

Comenzó la celebración con el canto del Ángelus ante la capilla de la Coronación, siguiendo la celebración de la Eucaristía en el altar mayor y concluyendo esta con el canto de la Salve ante la capilla restaurada.

El retablo es una muestra preciosa y original de los conocidos como “retablos de rosario”, por adornarse con pequeños lienzos sobre los misterios marianos. La imagen central es una talla de la Virgen María coronada por la Santísima Trinidad. El retablo se hizo a principios del siglo XVIII, por iniciativa y a expensas de P. Martín Font Perelló, miembro de la comunidad del Socorro. La imagen de la Virgen es una impresionante muestra barroca de madera tallada y policromada, obra de Andrés Carbonell, (c. 1690-1764) según una tabla que se oculta en el interior de la imagen. A ambos lados del cuerpo central del retablo encontramos dos lienzos con santos agustinos: el Beato Gonzalo de Lagos, agustino portugués, a la izquierda, obra de 1.854; y el lienzo de San Liberato, San Bonifacio y compañeros, agustinos mártires africanos del siglo VI, a la derecha, de 1.855. Ambos lienzos son obra del pintor mallorquín Salvador Torres, realizados por encargo del P. Gonzalo Arnau, agustino exclaustrado, que era custos de la iglesia del Socorro en las fechas en que fueron realizados, según las leyendas que se conservan en el reverso de los lienzos.

Esta capilla era conocida también como capilla de la Purísima por el lienzo de la Inmaculada Concepción, del siglo XVIII, con el que se cerraba el camarín de la Virgen, posiblemente en las fiestas de la Inmaculada, permitiendo también la ostensión del misterio de la Coronación. Curiosa muestra, pues, de retablo-telón, que responde a la expresión barroca de la liturgia. Este lienzo ha sido retirado de su lugar original por el deficiente estado de conservación y está a la espera de una restauración integral.

El conjunto del retablo, imágenes y lienzos han sido restaurados en diferentes fases, desde mayo de 2015, por el taller de restauración palmesano Es Taller, bajo la dirección de María Montserrat Dezcallar Sitjar y la estrecha colaboración de Elena Saíz Santa María y María Noemí Casellas García.

Es admirable la transformación que se ha ido realizando desde hace una década en la Iglesia de Ntra. Sra. del Socorro. Aparte del esmerado cuidado de la liturgia y la atención pastoral a los fieles, centro de la misión de la comunidad agustiniana, junto a la labor educativa en el colegio San Agustín, es admirable la labor lenta y cuidada de los PP. Agustinos en el mantenimiento y restauración del patrimonio artístico y espiritual, herencia de sus mayores, que se guarda entre los muros de esta iglesia palmesana.

Ver reportaje IB3 “Mosaic” 11 de diciembre de 2016:

Misericordia et misera

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Breve resumen de la Carta Apostólica del Papa Francisco, para la clausura del Año Santo de la Misericordia

Con estas dos palabras: “misericordia et misera”, S. Agustín comenta el encuentro de Jesús con la mujer adúltera (Jn 8,1-2). Expresión bella y coherente para expresar y comprender el misterio del Amor de Dios en el encuentro con el pecador. “Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia”. Esta bella lección de Jesús debe iluminar la conclusión del Jubileo de la Misericordia y el camino a seguir en el futuro.

La misericordia debe ser siempre celebrada y vivida en nuestras comunidades, no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que es su misión esencial.

Una mujer y Jesús se encuentran. Ella adúltera, según la ley merecedora de la lapidación, Cristo que con su predicación y el don de sí mismo, hasta la cruz, ha puesto en el centro el amor de Dios y mira al corazón de cada persona con ternura. Es un encuentro entre una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer, ha leído su corazón y ha reconocido en ella el deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida de la misericordia del amor. Jesús ayudará a la mujer a mirar el futuro con esperanza y la animará a encaminar su vida caminando en la caridad.

El perdón es el signo más visible del amor del Padre, que Jesús nos quiere revelar. Todo lo que es nuestra vida, colocada ante la misericordia de Dios queda arropado por el abrazo del perdón. La misericordia de Dios es un acto gratuito, es  amor incondicional e inmerecido por nuestra parte, capaz  de perdonando cambiar nuestra vida. El perdón nos llena de libertad y alegría. Las lágrimas del dolor y la vergüenza se cambian en sonrisa al sentirnos amados. Nuestro corazón se abre a la alegría y a la esperanza de una vida nueva. Experimentar la misericordia produce alegría.

Nuestra cultura vive inmersa en la tristeza y la soledad de un mundo tecnificado, lo incierto del futuro produce sobre todo en los jóvenes, melancolía, tristeza, aburrimiento, que pueden llevar a la desesperación. Se necesitan testigos de esperanza y de alegría y no dejarse arrastrar a paraísos artificiales y a felicidades fáciles y quiméricas, que solo producen vacío en los corazones. Hagamos vida el programa de esta Adviento: “Estad siempre alegres en el Señor”.

Hemos de vivir con fidelidad, alegría y entusiasmo la misericordia que Dios siempre nos regala:

  • En la Eucaristía, se nos recuerda con mucha frecuencia: el Señor tiene misericordia de nosotros, que sale a nuestro encuentro y nos salva, toda la eucaristía nos invita a celebrar y dar gracias a Dios por su infinita misericordia con nosotros.
  • En los sacramentos Dios viene a nuestro encuentro con su Amor, con su Bondad. De modo más palpable en el sacramento de la Reconciliación.
  • En la Palabra de Dios, se nos comunica cómo Dios nos ama y nos regala su misericordia. La Biblia es la historia de la misericordia de Dios con su pueblo y en Jesús, nos muestra su cercanía y ternura.

Experimentemos el gozo del perdón y no nos encerremos en la tristeza de no querer ser perdonados, ni perdonar, que no triunfe el rencor, la rabia, la venganza que nos vuelve infelices.

Que los sacerdotes sepamos ser: acogedores, testigos de la ternura, solícitos, claros, disponibles, prudentes, generosos en los momentos de dispensar el perdón de Dios.

  • Consolad, consolar a mi pueblo”, que seamos esperanza para los que sufren y padecen, que no nos roben la esperanza que brota de Cristo Resucitado, mantengamos siempre la certeza que el Señor nos ama. Dios nunca está distante de nuestro dolor, el ánimo, un abrazo, una caricia, una oración, el silencio… son expresiones de la cercanía de Dios a través del consuelo que ofrecemos a los demás

Que llegue una palabra de consuelo a nuestras familias, para que vivan su amor de modo generoso, fiel y paciente. “El gozo del amor que se vive en la familia es también el júbilo de la Iglesia”. La alegría de los padres es el don de los hijos.

Hemos de vivir nuestra vida como camino al encuentro del Señor, no caminamos hacia un ciego destino, sino a vivir siendo felices junto a Dios. Y viviendo para siempre en su amor.

Termina el Jubileo pero la puerta de la misericordia de nuestro corazón debe permanecer abierta de par en par, transformando nuestros corazones. Reconozcamos el bien que hay en el mundo y sumémonos cada uno en la tarea de “pasar por el mundo haciendo el bien”. “Obras son amores”. No nos quedemos inmóviles: “Con-muévete”. Hagamos que crezca la “cultura de la misericordia”: desde el encuentro con el otro, venciendo la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, con la oración, con la docilidad el Espíritu, con la imitación a los santos y nuestra cercanía a los pobres. Sepamos compartir con los que sufren.

Este es el tiempo de la misericordia”, cada día de nuestra vida debería estar marcado por el reflejo de Dios y su misericordia en nosotros. Que los ojos misericordiosos de María, siempre vueltos a nosotros, nos ayude. Que nuestra dulce Madre del Socorro nos ampare y nos ayude a socorrer a los demás.