La Resurrección de Cristo según Joseph Ratzinger

«La controversia sobre la Resurrección de Jesús de entre los muertos ha estallado con renovada intensidad y se ha hecho presente incluso en el interior de la Iglesia». Así lo afirmaba Benedicto XVI (por entonces cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe) en los Ejercicios Espirituales que predicó a San Juan Pablo II y a los miembros de la Curia Romana durante la Cuaresma de 1983 y que publicaría luego en un libro con el título “El Camino Pascual”. Con su ayuda, profundizamos en el misterio de la Resurrección.

Jesús no es un muerto que ha vuelto a la vida, como es el caso, por ejemplo, del joven de Naín y de Lázaro, que en cierta ocasión fueron devueltos a una vida terrena destinada a terminar más tarde con una muerte definitiva. La Resurrección de Jesús nada tiene que ver tampoco con una superación de la muerte clínica –tal como la conocemos en nuestros días-, que en un determinado momento acaba irremediablemente con una muerte clínica sin retorno.

Que no es esta la verdadera explicación de los hechos nos lo explican no sólo los evangelistas, sino también el mismo credo cuando describe las diferentes apariciones del Resucitado con la palabra griega óphte, que solemos traducir por «apareció»; tal vez fuera más exacto decir: «se dejó ver». Esta fórmula pone de manifiesto que aquí se trata de algo muy distinto; significa que Jesús, después de la Resurrección, pertenece a una esfera de la realidad que normalmente se sustrae a nuestros sentidos. Sólo así tiene explicación el hecho, narrado de manera acorde por los evangelios, de la presencia irreconocible de Jesús. Ya no pertenece al mundo perceptible por los sentidos, sino al mundo de Dios. Puede verlo, por tanto, tan sólo aquel a quien él mismo se lo concede.

Diferencia entre Resurrección y aparición

Resurrección y aparición son hechos distintos, netamente separados. La Resurrección no se agota en las apariciones. Las apariciones no son la Resurrección, sino tan solo su reflejo. Ante todo, es algo que acontece al mismo Jesús, que tiene lugar entre el Padre y él, en virtud del poder del Espíritu Santo; después, este acontecimiento que le acaece sólo a Jesús, se hace accesible a los hombres porque él quiere hacerlo accesible.

Cómo volvió a la vida Jesús

Jesús no volvió a la vida al modo de un muerto reanimado, sino que, en virtud del poder divino, su nueva vida se hallaba por encima de la esfera de aquello que es física y químicamente mensurable. Pero es también verdad que aquel que realmente vivía de nuevo era el mismo Jesús, esta persona, el Jesús que había sido ajusticiado dos días antes.

Resurrección al tercer día

De acuerdo con la interpretación judía, la corrupción comenzaba después del tercer día; la palabra de la Escritura se cumple en Jesús porque él resucita al tercer día, antes de que se inicie la corrupción. La muerte de Jesús conduce a la tumba pero no a la corrupción. Él es la muerte de la muerte, muerte que se halla escondida en la palabra de Dios y, por tanto, en la relación con la vida, que despoja a la muerte del poder que tiene de destruir el cuerpo y deshacer al hombre de la tierra.

Semejante superación del poder de la muerte, justamente allí donde ésta despliega su irrevocabilidad, pertenece al centro mismo del testimonio bíblico. La tumba no es el punto central del mensaje de la Resurrección; este punto central es el Señor en su nueva vida.

Profesar la Resurrección del cuerpo no significa aceptar un milagro absurdo, sino afirmar el poder de Dios, el cual respeta la creación sin atenerse a la ley de la muerte. La muerte es, sin duda, la forma típica de este mundo nuestro. Pero la superación de la muerte, su eliminación real, y no solamente conceptual, es hoy, como lo era entonces, el anhelo y el objetivo que impulsa la búsqueda del hombre.

La Resurrección de Jesús afirma que la muerte no pertenece por principio e irrevocablemente a la estructura del ser creado, de la materia. También afirma, ciertamente, que la superación de los confines de la muerte no es posible, en definitiva, a través de métodos clínicos sofisticados a través de la técnica. Acontece únicamente en virtud de la potencia creadora de la palabra y del amor. Solo estas potencias son lo bastante fuertes como para modificar la estructura de la materia con tal radicalidad que se haga posible superar las barreras de la muerte.

La Palabra de Dios penetra verdaderamente hasta el fondo último del cuerpo. Su poder no se circunscribe a los límites de la materia. Lo abraza todo. En la fe en la Resurrección se trata, en definitiva, de esto: del poder real de Dios y de la significación de la responsabilidad humana. El poder de Dios es esperanza y alegría. Este el contenido liberador de la revelación pascual.

Tomado de www.diocesismalaga.es. Abril 2018

La fiesta de la Divina Misericordia

 

Cada domingo posterior al domingo de la Resurrección del Señor conmemoramos la fiesta de la Divina Misericordia. Es una fiesta nueva en la Iglesia, que tiene la particularidad de haber sido solicitada por el mismo Jesucristo a través de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca del siglo XX, quien murió en 1938 a los 33 años de edad.

Sor Faustina fue canonizada por San Juan Pablo II, precisamente en una fiesta de la Divina Misericordia. Nos dijo el Papa santo que esta paisana suya, Sor Faustina, recibió gracias especialísimas a través de la oración contemplativa, para comunicar al mundo el conmovedor misterio de la Divina Misericordia del Señor. “Dios nos habló a través de Sor Faustina Kowalska… invitándonos al abandono total en El”, nos dijo el Papa.

En el Evangelio de San Juan dice Jesús al apóstol Tomás: “Dichosos los que crean sin haber visto”.  La fe es la virtud sobre la cual se funda la esperanza. De la fe brota la confianza y ésta nos lleva a la esperanza. La confianza es esencial para poder aprovecharnos de las gracias de la Misericordia de Dios.

La confianza está en la esencia de la devoción a la Divina Misericordia. La confianza es esa actitud que tiene el niño que en todo momento confía sin medida en el amor misericordioso y en la omnipotencia de nuestro Padre, Dios.

La confianza es una consecuencia directa de la fe: no hay verdadera fe si no hay confianza.

¿Cómo podemos acogernos a la Misericordia divina?

Pues viviendo la comunión eclesial, viviendo el gozo de la reconciliación, acercándonos al sacramento del perdón y la penitencia, y recibiendo con sincera piedad el sacramento de la comunión; renovando –en una palabra– nuestra adhesión personal a Jesucristo, uniéndonos a ÉL en una comunión verdadera con nuestra vida, con nuestro esfuerzo, con nuestro compromiso cristiano, con nuestra esperanza.

La comunión con Jesucristo producirá en nosotros efectos vivos de su misericordia, para todos aquellos con los que convivimos, realizando obras de misericordia hacia los demás. Es decir, esta devoción a la Divina Misericordia nos lleva a un aumento de las tres grandes virtudes, la llamadas virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, con lo que podremos activar en nuestra vida el ejercicio de las obras de misericordia:

  • Enseñar al que no sabe.
  • Dar buen consejo a quien lo necesita.
  • Corregir al que yerra.
  • Perdonar las injurias.
  • Consolar al triste.
  • Sufrir con paciencia los defectos de los demás.
  • Rogar a Dios por vivos y difuntos.
  • Dar de comer al hambriento.
  • Dar techo a quien no lo tiene.
  • Vestir al desnudo.
  • Visitar a los enfermos y presos.
  • Enterrar a los muertos.
  • Redimir al cautivo.
  • Socorrer a los pobres.

 

La fiesta de la Divina Misericordia nos invita a creer sin ver, a confiar sin medida y a amar con la misericordia del Señor.

Aprovechemos las gracias que en esta fiesta especialísima nos quiere dar Jesucristo. Acojámonos a su Divina Misericordia, recibiendo su perdón y sus gracias, y aprendamos con esta devoción, que con tanta solicitud expandió en la Iglesia Universal el Santo Padre Juan Pablo II, a renovar nuestro deseo de seguir a Jesucristo, a entrar en comunión profunda con su Corazón de misericordia y a ser nosotros mismos misericordiosos. Y que todo sirva para bueno, para nuestra salvación y la salvación del mundo.