Madre del Buen Consejo

26 de abril, Ntra. Señora, Madre del Buen Consejo

 

El título de “Madre del Buen Consejo” es una de las advocaciones marianas más veneradas por los agustinos.

En el pequeño pueblo de Genazzano, cercano a Roma, había un templo dedicado a la diosa Venus, diosa pagana del amor. A finales de abril junto a este templo se celebraban fiestas y bailes en torno al templo de Venus.

Ya en época cristiana en el  año 336, el Papa  San Marcos, mandó construir una iglesia en una colina no lejos de las ruinas del antiguo templo pagano. Era una iglesia fuerte, pero pequeña dedicada a Ntra. Sra. del Buen Consejo.

A través de los siglos la Virgen María fue honrada en esta pequeña iglesia, de la que se hacen cargo los agustinos en el año 1356. El tiempo y distintos avatares afectaron al templo. En el siglo XV la iglesia estaba en ruinas, temiendo su caída.

Fue una viuda, llamada Petruccia, que tenía gran devoción a la Virgen, la que se empeñó en renovar la iglesia. Deseaba construir una iglesia más grande, más bonita y más apropiada para la Madre de Dios. Sus vecinos se burlaban de ella y le negaban su ayuda. Pensaban los vecinos que era un proyecto muy ambicioso y que Petruccia no tenía dinero suficiente. La obra tuvo que detenerse, con las paredes sin terminar por falta de fondos y era nombrada como “la locura de Petruccia”… Petruccia no se dejó dominar por los contratiempos y pensaba que un día, “una Gran Señora vendría a tomar posesión de ella”.

En las fiestas del 25 de abril de 1467, día de San Marcos, la gente concentrada en la plaza del mercado, bailando y cantando, vio como una gran nube se detenía en la iglesia de Petruccia, aún sin terminar. Se abrió la nube y en su centro apareció una bellísima pintura de Ntra. Señora con el Niño Jesús. Todas las campanas comenzaron a sonar de modo milagroso, sin ayuda humana. El repicar de las campanas congregó a mucha gente y Petruccia recordó que la Señora venía a tomar posesión de su iglesia. No se conocía la procedencia de la pintura, ni antes se la había visto. Comenzaron los milagros y curaciones, en solo cuatro meses 171 milagros fueron archivados. Se comenzó a llamar a la imagen: “Nuestra Señora del Paraíso”, se creía que había sido traída por los ángeles, más tarde se le dio el nombre de: “Nuestra Señora de los Milagros”.

Dos extranjeros llegan a Genazzano, provenientes de Scútari, Albania, buscando la pintura de la Virgen. Cuando su ciudad, Scútari fue tomada por los turcos, los vecinos vieron cómo la imagen de la Virgen se desprendió de la pared y elevándose se trasladaba hacia el oeste. Siguiéndola, llegaron a Genazzano.

Desde Roma el Santo Padre, escucha acerca de la pintura y los milagros y mandó a unos obispos para estudiar los acontecimientos extraordinarios. Tras una cuidadosa investigación determinan que la imagen es la verdadera imagen de la Santísima Virgen, Ntra. Sra., Madre del Buen Consejo, que se veneraba en Albania. Pintada sobre yeso de pared, ninguna habilidad humana podía haberla desprendido sin romper la pintura. Ninguna mano humana podía haberla traído a través del mar Adriático y colocarla en la  iglesia de Petruccia.

Se terminó la iglesia, se ofrecieron numerosas donaciones, la pequeña iglesia se convirtió en basílica. La pintura fue puesta en un rico relicario con dos coronas, enviadas por el Papa desde el Vaticano, para decorar las imágenes del Niño y la Virgen y San José.

Durante la segunda guerra mundial, la basílica de Genazzano fue bombardeada, quedando destruida; una bomba explotó en el centro de la misma, quedando destrozado el altar mayor, las pinturas y las estatuas de las paredes alrededor…, pero la milagrosa pintura de Ntra. Sra., la Madre del Buen Consejo, se mantuvo intacta y bella como Petruccia la vio por primera vez.

La imagen aparece como si Nuestra Señora estuviera escuchando a Jesús, a quien tiene en sus brazos, que pasa uno de ellos en torno al cuello de su madre. Tienen las dos figuras, Madre e Hijo, juntas sus mejillas y la otra mano de Jesús se posa sobre el cuello del vestido de la Virgen. La expresión de ambos es de profunda atención, Jesús parece susurrarle algo a su madre. La pintura es sencilla y atrayente.

En los últimos siglos muchos han acudido a Ntra. Sra., la Madre del Buen Consejo a presentarle sus problemas; son muchas las peregrinaciones que acuden buscando la guía de María, la gracia divina, y secundan sus consejos de Buena Madre.

Las palabras de “Madre del Buen Consejo” fueron incluídas en la Letanía Lauretana por el papa Pío IX.

Haced lo que Él os diga”, es siempre signo y seña de María, la primera seguidora de Jesús, a quien nos ofrece desde su regazo como Camino, Verdad y Vida.

En algunas imágenes, la figura de la Madre del Buen Consejo aparece con esta inscripción: “SS. Mater Boni Consilii, ora pro nobis Jesum filium tuum., es decir, “Santísima Madre del Buen Consejo, ruega por nosotros a tu hijo, Jesús. Es nuestro deseo para aquellos que nos leen, confían y esperan… en el señorío absoluto de Jesús.

José Luis Ovejero, O.S.A.

Fray Francisco Cantarellas Ballester

 

50 aniversario de la muerte de fray Francisco Cantarellas Ballester, agustino

En Palma de Mallorca, donde queda firmemente viva su memoria y las selectas huellas de evangelio con que dejó marcados el colegio San Agustín y la Iglesia de Ntra. Sra. del Socorro. Al resguardo de esta Bahía de ensueño, la comunidad agustiniana de Palma, la comunidad educativa del colegio, los fieles del Socorro; su familia, sus antiguos alumnos, quienes le conocieron y trataron, oyeron hablar de él… han hecho memoria viva de fray Francisco Cantarellas Ballester, religioso agustino, que falleció en Palma el 22 de abril de 1968, hace 50 años.

Fray Francisco fue un hombre singular. Humilde, sencillo, de pocas palabras, trabajador incansable, entregado a su tarea; admirado, querido, recordado. Su vida se desenvolvió casi siempre en Palma. Natural de un pueblo del norte de la Isla, Muro, (1884) de una familia sencilla y trabajadora. Ya mozo ingresó en la Orden de San Agustín como hermano no sacerdote, profesando en el Monasterio de El Escorial en 1909. Vuelto a Palma desarrolló su vida en dos tareas fundamentales: como sacristán de la iglesia del Socorro, expandiendo entre los fieles la devoción a Santa Rita de Casia; y como profesor de primeras letras en el anejo colegio San Agustín. Su familia (tuvo dos sobrinos nietos religiosos agustinos), los fieles de la iglesia que le trataron, viejas amistades y sus antiguos alumnos le recuerdan con particular afecto. Resaltan de él su vida interior, su vida de oración. Era un hombre de fe sencilla, pero creíble, transparente. Su misión como profesor, educador, deja una estela de verdad al reconocer que educaba con el ejemplo: con su bondad y su ternura, su paciencia, su exquisito trato. Su vida oculta y su labor de promoción social en el barrio de Sa Gerrería, siempre desde el anonimato, alcanzó luz propia en la memoria de los fieles con la publicación de su biografía. El recuerdo de este humilde hermano agustino permanece vivo como verdadero “apóstol de la sencillez”.

Dos actos celebrados en la iglesia del Socorro de Palma expresaron la memoria viva y la acción de gracias por el testimonio de este hermano. El sábado 21 de abril, a las 19,00 h., presidida por el P. Pedro José Gordo, director general del colegio San Agustín de Palma, se celebró la eucaristía, participando numerosos alumnos con sus  familias y profesores del centro. Y el domingo 22, presidida por el P. Jesús Miguel, rector de la iglesia, y concelebrada por los PP. José Luis Ovejero, prior de la comunidad, y Baltasar Ramis, sobrino-nieto de fray Francisco, tuvo lugar la solemne eucaristía “in memoriam”, con gran participación de fieles y amigos.

Qué duda cabe que conservar la memoria agradecida nos permite descubrir en el hoy huellas de verdad y evangelio, que sembraron con esfuerzo los que nos antecedieron en la fe y la esperanza.

fray JM., Rector del Socorro de Palma

Ascensión de Cristo

Seguro que muchos recordamos el dicho de nuestros años más jóvenes: “Tres  jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y el día de la Ascensión”. Por distintos motivos esta festividad se trasladó del jueves al domingo. Acaso también recordemos que en esta festividad de la Ascensión se celebraban las Primeras Comuniones hace ya años.

La solemnidad de la Ascensión, subida de Cristo a la derecha del Padre, nos produce un doble y contrapuesto sentimiento. Un sentimiento de orfandad: Jesús sube al cielo y nos deja en este valle oscuro sin su presencia física; y otro sentimiento, más real y apropiado, como es la confianza que Jesús deposita en nosotros, los cristianos para continuar su misión y tarea de hacer real el Reino de Dios. El primer sentimiento lo expresa nuestro hermano agustino, Fray Luis de León, en su conocida Oda a la Ascensión, que figura como himno en el rezo de las Vísperas. El segundo sentimiento aparece en el himno de Laudes de esta misma fiesta. 

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo valle, obscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire te vas al inmortal seguro?
 
Los antes bienhadados
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿A dó convertirán ya sus sentidos? (…)

Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura? (…)
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ¡ay!, nos dejas!
 

El himno-canción de Laudes, dice así:
 
“No, yo no dejo la tierra.
No, yo no olvido a los hombres”.
Aquí, yo he dejado la guerra;
arriba, están vuestros nombres. (…)
 
El gozo es mi testigo.
La paz, mi presencia viva,
que al irme, se va conmigo
la cautividad cautiva.
 
El cielo ha comenzado.
Vosotros sois mi cosecha.
El Padre ya os ha sentado
conmigo, a su derecha..
 
 Partid frente a la aurora.
Salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora.
Comienza vuestra tarea.

La Ascensión, no es dejarnos como “niños huérfanos”, sino como adultos responsables y con el compromiso alegre de dar comienzo a nuestra misión, de “tomar el relevo”, de saber que “ha llegado nuestra hora”. Hemos de asumir nuestra tarea de ser evangelizadores en las familias, entre nuestras amistades, en nuestro trabajo. Seamos portadores de la Buena Noticia con entusiasmo. ¡¡Cristo vive!! Y debe animar nuestro vivir, siendo mensajeros de la paz, la justicia y el amor. Extendamos la misericordia que Dios ha derramado en nuestros corazones. Que así sea.

P. José Luis Ovejero, OSA

Gaudete et exultate

Resumen de la Exhortación Apostólica del Papa Francisco Gaudete et Exultate

Ofrecemos un breve resumen de este texto tan cercano y sincero del Papa Francisco. Su objetivo es: que resuene una vez más la llamada a la santidad. A cada uno el Señor nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor”.

Alegraos y regocijaos”, el Señor nos ofrece la verdadera vida, la felicidad para la que fuimos creados. Él nos quiere santos y que no nos conformemos con un cristianismo mediocre. Él nos dice. “Camina en mi presencia y sé perfecto”.

Capítulo I. La llamada a la santidad.

Corramos con constancia en la carrera que nos toca” son muchos los que nos alientan a no detenernos hasta la meta, quizá nuestra madre, abuela y personas cercanas que agradaron a Dios. Los que ya llegaron a Dios, mantienen con nosotros lazos de amor y de comunión. Estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios. La santidad del pueblo de Dios se muestra en los padres que crían a sus hijos, en las personas que trabajan por llevar el pan a sus casas, en los enfermos y ancianos que sonríen. Esa es la santidad de “puerta de al lado”, los que conviven con nosotros, son la “clase media” de la santidad. “Todos los fieles cristianos son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la santidad, sacando lo mejor de sí, lo más personal que Dios nos ha dado”.

La santidad no está reservada a los obispos, sacerdotes y religiosos: Todos estamos llamados a ser santos, ofreciendo el amor en las ocupaciones de cada día, renunciando a nuestro egoísmo, y buscando el bien común. Elijamos a Dios y no nos desalentemos, tenemos la fuerza de los sacramentos, la oración, la palabra de Dios, las comunidades. Esta santidad a la que estamos llamados crecerá en pequeños gestos, viviendo en unión con Cristo: Has de concebir toda tu vida como misión, lo que espera Jesús de ti en cada momento y opción de tu vida.

No tengas miedo a la santidad, no te quitará fuerzas, vida, alegrías; sino todo lo contrario. La santidad nos hace más humanos y fecundos para el mundo.

Capítulo II: Dos sutiles enemigos de la santidad.

Son el gnosticismo y pelagianismo, herejías antiguas que vuelven a presentarse ante nosotros. Suponen un elitismo narcisista, no interesa Jesucristo ni los demás. Tiene más interés el conocimiento que la caridad, buscan un Dios sin Cristo, sin Iglesia. El pelagianismo nos hace creer que con nuestra sola voluntad y esfuerzo podemos salvarnos, no cuenta la misericordia de Dios. No todos pueden todo. San Agustín, nos aconseja: “Dios nos invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedas”. Hemos de reconocer nuestros límites y caminar humildes en la presencia de Dios. No es nuestra fuerza y voluntad quienes nos justifican sino la gracia y el amor de Dios manifestados en Cristo, muerto y resucitado por nosotros.

Capítulo III: A la luz del Maestro:

Jesús explica con toda sencillez qué es ser santo. Las Bienaventuranzas son el carnet de identidad del cristiano. La palabra “feliz” pasa a ser sinónimo de “santo”. Jesús nos propone un camino que va contracorriente de lo que nos propone la sociedad.

  • Ser pobre en el corazón es ser santo: Dónde ponemos la seguridad de nuestra vida. Las riquezas pueden llenar nuestro corazón y no dejar espacio a Dios y a los demás. Vida austera y compartida.
  • Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad; Las enemistades, las riñas, el odio, nuestro orgullo y vanidad nos apartan de la santidad. Evitar las tensiones, vivir mansos y humildes de corazón como Jesús nos llenará de paz y descanso. Es en Dios en quien hemos de poner nuestra confianza.
  • Saber llorar con los demás, esto es santidad: El entretenimiento, la diversión, el disfrutar en nuestros sentidos, el vivir una “buena vida”, ante el dolor y la enfermedad miramos para otro lado y tapamos el sufrimiento, eso es la que se nos vende. Compartir el dolor ajeno, socorrer a los demás, comprender la angustia ajena y aliviar a los demás nos hará bienaventurados. Jesús nos propone su consuelo.
  • Buscar la justicia con hambre y sed, eso es santidad: La búsqueda de la justicia debe ser como una necesidad básica, un instinto para vivir como cristianos, sabiendo que tarde o temprano seremos saciados Busquemos esa justicia sobre todo para los más pobres y débiles.
  • Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad. La misericordia es vivir ayudando y sirviendo a los demás, unido a una comprensión y perdón. Dar y perdonar es reflejo de la santidad de Dios.
  • Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, eso es ser santo: Corazón es lo que buscamos y deseamos con intención. Hemos de cuidar el corazón, qué obras brotan de él. Si no tengo amor….nada soy. Viviendo en el amor a Dios y a los demás seremos capaces de ver a Dios cara a cara.
  • Sembrar la paz a nuestro alrededor, esto es santidad: Nos rodean innumerables situaciones de guerras, de enfrentamientos, de malentendidos. Solo los pacíficos son fuente de paz, la siembran por todas partes y la procuran en toda situación. Construir la paz requiere una gran amplitud de corazón y de mente, serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza.
  • Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos triga problemas, esto es santidad: Si vivimos el Evangelio no todo nos será favorable, la ridiculización, el ser mal vistos, la cruz no es fuente de satisfacción. Hemos de saber que un santo no es alguien “raro”, insoportable por su negativismo, vanidad y resentimiento, “gozaban de simpatía entre el pueblo”. Las persecuciones por la fe no son algo del pasado, hoy aparecen en las calumnias, falsedades, burlas, ridiculizaciones de nuestra vivencia cristiana.

El gran protocolo:

Al final seremos juzgado en el amor, sobre si hemos sido misericordiosos o no. La misericordia es el corazón palpitante del Evangelio. No podemos entender la santidad alejada de la dignidad de todo ser humano. No convirtamos el cristianismo en una simple ONG; la oración, el amor a Dios, la lectura de su palabra, los sacramentos no den disminuir la entrega al prójimo, sino aumentarla, así lo hicieron los santos, pensemos en la más cercana Santa Teresa de Calcuta. Damos gloria a Dios no solo con el culto, la oración…; nuestra relación con Dios se evaluará en lo que hicimos con los demás. La misericordia es la llave del cielo.

Capítulo IV. Algunas notas de la santidad en el mundo actual:

Veremos cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y a los demás, que corren el riesgo y límites en nuestra cultura, donde la ansiedad y la violencia, la negatividad, la tristeza, el individualismo, la comodidad nos llevan a unas falsas formas de espiritualidad sin Dios. 

  • Aguante, paciencia y mansedumbre: Centrarnos en un Dios que nos ama y nos sostiene, desde esta firmeza podremos soportar las contrariedades que la vida nos presenta. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” Esta debe ser la fuente de nuestra paz, la paciencia y constancia en el bien. El amor de Dios no nos abandona nunca, debe ser guía de la fidelidad en el amor a los demás. Venzamos al mal con el bien, desterremos toda amargura, la ira y los enfados, que no arraigue en nosotros la agresividad y el egoísmo, nunca la puesta del sol nos ha de encontrar airados. Cuando nos abrumen las circunstancias negativas, acudamos a la oración y súplica a Dios. No gastemos energías y lamentos en los errores ajenos. Sin humildad no hay santidad. Aguantemos y perseveremos en el bien, “aunque camine por cañadas oscuras…” Cristo ha de ser siempre nuestra paz.
  • Alegría y sentido del humor: Fuera la pena y la tristeza, la melancolía y vivamos en el gozo del Espíritu. Alegrémonos siempre en el Señor. Con María, que se alegre nuestro espíritu en Dios nuestro salvador. Vuestra tristeza se convertirá en alegría, nadie no podrá quitar esta alegría que llegará a plenitud. Los momentos de dolor y de cruz no pueden destruir la alegría sobrenatural, tenemos ejemplos en Santo Tomás Moro, S. Vicente de Paul, S. Felipe Neri…El mal humor es un contra signo de santidad. “Aparta de tu corazón la tristeza”. No te prives de pasar un día feliz.
  • Audacia y fervor: No tengáis miedo, yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos”. Hemos de vivir con audacia y entusiasmo (endiosados), con coraje para evangelizar, el Señor nos llama a no quedarnos en la orilla, sino a remar mar adentro, arrojando las redes, gastando nuestra vida en su servicio. La compasión de Jesús le llevaba a salir a evangelizar siempre y a todos. Dios que es novedad, nos empuja a las periferias. Dios no tiene miedo.
  • En comunidad: La lucha contra el mal es más fácil en grupo. La santificación es un camino comunitario. Hay matrimonios santos donde cada uno es instrumento de Cristo para santificación de su cónyuge, desde los pequeños detalles, que son presencia del Resucitado que nos va santificando.
  • En oración constante: Hemos de apostar por la trascendencia que manifestamos en la oración y adoración. El santo necesita comunicarse con Dios, suspira por Él. San Juan de la Cruz nos aconseja: “procurar andar  siempre en la presencia de Dios… según te permitan las obras que estás haciendo”. Es indispensable estar, escuchar y aprender del Maestro. La oración está teñida de recuerdos, memoria de la acción de Dios en la propia vida. “Traigamos a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor…, mira tu historia”, nos dice S. Ignacio. Supliquemos, pidamos e intercedamos. Si reconocemos la existencia de Dios no podemos dejar de adorarlo.

Capítulo V. Combate, vigilancia y discernimiento:

La vida cristiana es un combate permanente, contra el mundo, la propia fragilidad y el diablo. Solo la maduración espiritual, el hacer el bien, el crecimiento en el amor pueden hacer de contrapeso del mal. El Espíritu que es fuente de paz y de gozo, nos exige estar con las lámparas encendidas. Hemos de examinar nuestra conciencia y no quedarnos en buenas intenciones, el motivo de nuestra vida ante el Padre.

El que lo pide todo también lo da todo y viene a plenificarnos. María vivió como nadie las Bienaventuranzas, se estremeció de gozo en la presencia del Señor, fue la llena de gracia, es la santa de los santos, la más bendita, la que nos enseña y nos acompaña en el camino de la santidad. ¡¡María, ven con nosotros al caminar, Santa María ven!! Amén. Amén.

P. José Luis Ovejero, OSA

La Resurrección de Cristo según Joseph Ratzinger

«La controversia sobre la Resurrección de Jesús de entre los muertos ha estallado con renovada intensidad y se ha hecho presente incluso en el interior de la Iglesia». Así lo afirmaba Benedicto XVI (por entonces cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe) en los Ejercicios Espirituales que predicó a San Juan Pablo II y a los miembros de la Curia Romana durante la Cuaresma de 1983 y que publicaría luego en un libro con el título “El Camino Pascual”. Con su ayuda, profundizamos en el misterio de la Resurrección.

Jesús no es un muerto que ha vuelto a la vida, como es el caso, por ejemplo, del joven de Naín y de Lázaro, que en cierta ocasión fueron devueltos a una vida terrena destinada a terminar más tarde con una muerte definitiva. La Resurrección de Jesús nada tiene que ver tampoco con una superación de la muerte clínica –tal como la conocemos en nuestros días-, que en un determinado momento acaba irremediablemente con una muerte clínica sin retorno.

Que no es esta la verdadera explicación de los hechos nos lo explican no sólo los evangelistas, sino también el mismo credo cuando describe las diferentes apariciones del Resucitado con la palabra griega óphte, que solemos traducir por «apareció»; tal vez fuera más exacto decir: «se dejó ver». Esta fórmula pone de manifiesto que aquí se trata de algo muy distinto; significa que Jesús, después de la Resurrección, pertenece a una esfera de la realidad que normalmente se sustrae a nuestros sentidos. Sólo así tiene explicación el hecho, narrado de manera acorde por los evangelios, de la presencia irreconocible de Jesús. Ya no pertenece al mundo perceptible por los sentidos, sino al mundo de Dios. Puede verlo, por tanto, tan sólo aquel a quien él mismo se lo concede.

Diferencia entre Resurrección y aparición

Resurrección y aparición son hechos distintos, netamente separados. La Resurrección no se agota en las apariciones. Las apariciones no son la Resurrección, sino tan solo su reflejo. Ante todo, es algo que acontece al mismo Jesús, que tiene lugar entre el Padre y él, en virtud del poder del Espíritu Santo; después, este acontecimiento que le acaece sólo a Jesús, se hace accesible a los hombres porque él quiere hacerlo accesible.

Cómo volvió a la vida Jesús

Jesús no volvió a la vida al modo de un muerto reanimado, sino que, en virtud del poder divino, su nueva vida se hallaba por encima de la esfera de aquello que es física y químicamente mensurable. Pero es también verdad que aquel que realmente vivía de nuevo era el mismo Jesús, esta persona, el Jesús que había sido ajusticiado dos días antes.

Resurrección al tercer día

De acuerdo con la interpretación judía, la corrupción comenzaba después del tercer día; la palabra de la Escritura se cumple en Jesús porque él resucita al tercer día, antes de que se inicie la corrupción. La muerte de Jesús conduce a la tumba pero no a la corrupción. Él es la muerte de la muerte, muerte que se halla escondida en la palabra de Dios y, por tanto, en la relación con la vida, que despoja a la muerte del poder que tiene de destruir el cuerpo y deshacer al hombre de la tierra.

Semejante superación del poder de la muerte, justamente allí donde ésta despliega su irrevocabilidad, pertenece al centro mismo del testimonio bíblico. La tumba no es el punto central del mensaje de la Resurrección; este punto central es el Señor en su nueva vida.

Profesar la Resurrección del cuerpo no significa aceptar un milagro absurdo, sino afirmar el poder de Dios, el cual respeta la creación sin atenerse a la ley de la muerte. La muerte es, sin duda, la forma típica de este mundo nuestro. Pero la superación de la muerte, su eliminación real, y no solamente conceptual, es hoy, como lo era entonces, el anhelo y el objetivo que impulsa la búsqueda del hombre.

La Resurrección de Jesús afirma que la muerte no pertenece por principio e irrevocablemente a la estructura del ser creado, de la materia. También afirma, ciertamente, que la superación de los confines de la muerte no es posible, en definitiva, a través de métodos clínicos sofisticados a través de la técnica. Acontece únicamente en virtud de la potencia creadora de la palabra y del amor. Solo estas potencias son lo bastante fuertes como para modificar la estructura de la materia con tal radicalidad que se haga posible superar las barreras de la muerte.

La Palabra de Dios penetra verdaderamente hasta el fondo último del cuerpo. Su poder no se circunscribe a los límites de la materia. Lo abraza todo. En la fe en la Resurrección se trata, en definitiva, de esto: del poder real de Dios y de la significación de la responsabilidad humana. El poder de Dios es esperanza y alegría. Este el contenido liberador de la revelación pascual.

Tomado de www.diocesismalaga.es. Abril 2018

La fiesta de la Divina Misericordia

 

Cada domingo posterior al domingo de la Resurrección del Señor conmemoramos la fiesta de la Divina Misericordia. Es una fiesta nueva en la Iglesia, que tiene la particularidad de haber sido solicitada por el mismo Jesucristo a través de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca del siglo XX, quien murió en 1938 a los 33 años de edad.

Sor Faustina fue canonizada por San Juan Pablo II, precisamente en una fiesta de la Divina Misericordia. Nos dijo el Papa santo que esta paisana suya, Sor Faustina, recibió gracias especialísimas a través de la oración contemplativa, para comunicar al mundo el conmovedor misterio de la Divina Misericordia del Señor. “Dios nos habló a través de Sor Faustina Kowalska… invitándonos al abandono total en El”, nos dijo el Papa.

En el Evangelio de San Juan dice Jesús al apóstol Tomás: “Dichosos los que crean sin haber visto”.  La fe es la virtud sobre la cual se funda la esperanza. De la fe brota la confianza y ésta nos lleva a la esperanza. La confianza es esencial para poder aprovecharnos de las gracias de la Misericordia de Dios.

La confianza está en la esencia de la devoción a la Divina Misericordia. La confianza es esa actitud que tiene el niño que en todo momento confía sin medida en el amor misericordioso y en la omnipotencia de nuestro Padre, Dios.

La confianza es una consecuencia directa de la fe: no hay verdadera fe si no hay confianza.

¿Cómo podemos acogernos a la Misericordia divina?

Pues viviendo la comunión eclesial, viviendo el gozo de la reconciliación, acercándonos al sacramento del perdón y la penitencia, y recibiendo con sincera piedad el sacramento de la comunión; renovando –en una palabra– nuestra adhesión personal a Jesucristo, uniéndonos a ÉL en una comunión verdadera con nuestra vida, con nuestro esfuerzo, con nuestro compromiso cristiano, con nuestra esperanza.

La comunión con Jesucristo producirá en nosotros efectos vivos de su misericordia, para todos aquellos con los que convivimos, realizando obras de misericordia hacia los demás. Es decir, esta devoción a la Divina Misericordia nos lleva a un aumento de las tres grandes virtudes, la llamadas virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, con lo que podremos activar en nuestra vida el ejercicio de las obras de misericordia:

  • Enseñar al que no sabe.
  • Dar buen consejo a quien lo necesita.
  • Corregir al que yerra.
  • Perdonar las injurias.
  • Consolar al triste.
  • Sufrir con paciencia los defectos de los demás.
  • Rogar a Dios por vivos y difuntos.
  • Dar de comer al hambriento.
  • Dar techo a quien no lo tiene.
  • Vestir al desnudo.
  • Visitar a los enfermos y presos.
  • Enterrar a los muertos.
  • Redimir al cautivo.
  • Socorrer a los pobres.

 

La fiesta de la Divina Misericordia nos invita a creer sin ver, a confiar sin medida y a amar con la misericordia del Señor.

Aprovechemos las gracias que en esta fiesta especialísima nos quiere dar Jesucristo. Acojámonos a su Divina Misericordia, recibiendo su perdón y sus gracias, y aprendamos con esta devoción, que con tanta solicitud expandió en la Iglesia Universal el Santo Padre Juan Pablo II, a renovar nuestro deseo de seguir a Jesucristo, a entrar en comunión profunda con su Corazón de misericordia y a ser nosotros mismos misericordiosos. Y que todo sirva para bueno, para nuestra salvación y la salvación del mundo.